De verdad creo que debería haber un cartel adentro de los ascensores que diga: “Prohibido Hablar”. ¿Por qué? Simplemente porque me da vergüenza ajena escuchar cualquier conversación que se produzca ahí adentro. Cualquier persona, tono de voz o tema queda siempre desvirtuado de su propia naturaleza, quedan fuera de contexto.
No sé cómo explicarlo, pero lo intentaré a través de ejemplos. Las chillonas parecieran tener un tono de voz más estridente aún. Los roncos se escuchan más graves. Los temas que pretenden ser “intelectuales” se escuchan como un huevón haciéndose el inteligente delante de los demás… así que queda como tonto. Los que hablan tonteras, quedan como lo que son sin remedio: tontos. Las risas rebotan; los estornudos dan asco (de sólo pensar que podría saltar un escupo a mi pelo, a mi cara, a mi ropa…); las palabras me dan lata, porque de verdad no me interesa enterarme de nada de los desconocidos que van a mi lado. Los ascensores son simplemente un medio de transporte de corta duración, y por lo tanto no es necesario aclarar la vida ni el futuro en diez segundos delante de gente que no conoces.
La situación es más grave cuando me hablan. ¡¡Ah, no!!, todo mal. Alguien haciéndose el simpático, el divertido, el ignorante. ¡Qué agote! Por eso, siempre me ubico adelante, sin mirar a nadie (además porque atrás me ahogo).
Para mi mala suerte, a mi marido le pasa justamente lo contrario: le da vergüenza el incómodo silencio que se produce en los ascensores… por lo tanto, cada vez que nos subimos juntos a uno, él me habla, tararea alguna canción inventada o hace algún tipo de “ruidito”, y a mí me dan ganas de salir corriendo, porque el “pecador” es mi propio marido. Yo le clavo los ojos, con cara de “eso mismo me lo puedes decir en diez segundos más, cuando nos bajemos”.
No puedo terminar este post sin mencionar el comentario más ridículo que he escuchado en un ascensor, dicho por mi propio esposo (de hecho, recién lo llamé para pedirle permiso para publicarlo). Este es un ejemplo claro de que en los ascensores uno siempre, necesariamente, diga lo que diga, suena a huevada. Cuando nos casamos, vivíamos en un edificio. Al llegar a la casa de la oficina, nos subimos al ascensor en el subterráneo. Paramos en el piso uno para que se subiera un señor. Nos saludamos amablemente (única conducta permitida, además de la despedida), y Rodrigo le pregunta al hombre a qué piso va, para apretar el botón. El señor le dice: “voy al ocho”. Y Rodrigo hizo lo que nunca debió haber hecho: miró su reloj, que marcaba las ocho de la noche, y dice triunfante: “ah!, al ocho a las ocho”. Yo no pude contener el ataque de risa. Llegué a llorar de la risa. Era un comentario demasiado estúpido. Ni siquiera chistoso. El hombre lo miró con cara de “super buena tu talla”. Yo rogaba llegar rápido a mi destino, para perderme en el infinito.
Insisto, mejor no hablar en los ascensores. Esta misma regla debiera aplicar para el metro, micro o cualquier transporte o espacio público.